Los desvaríos del Premio Pritzker
Los Pritzker, considerados los Nobel de la arquitectura, se instituyeron hace 31 años y desde entonces han ganado mayor lustre y prestigio pese a la imprecisión de lo que se premia. El reciente galardonado es el británico Richard Rogers, coautor de la Terminal 4 de Barajas, que dota a sus proyectos de un dramático expresionismo estructural. A lo largo de los años, Rogers ha establecido un repertorio formal que encarna una especie de “tecnorromanticismo”
El Premio Pritzker anual suele calificarse como el “Nobel de Arquitectura”, una afirmación exagerada cuya finalidad es darle un aire de autoridad olímpica. La selección corre a cargo de un jurado cuyos miembros cambian de vez en cuando, y las decisiones reflejan un abanico de opiniones críticas. Ha habido momentos álgidos y momentos bajos, y nunca queda claro si se otorga el premio como reconocimiento a la obra de toda una vida, a la presencia en la escena mundial, o a una colección de obras maestras. Porque como todos los mortales, hasta los pritzker son capaces de crear edificios malos que conviven con sus realizaciones de más éxito. Pongamos por caso al arquitecto español Rafael Moneo (Pritzker en 1996). En el lado positivo está el extraordinario Museo de Arte Romano de Mérida, creado a principios de la década de los ochenta, pero luego, varios años más tarde, hizo el desmedido Aeropuerto de Sevilla, una cruz que sigue llevando colgada del cuello. Está por verse si su comentadísima ampliación del Prado en Madrid será digna de un “Nobel de arquitectura” cuando esté acabada.
Hace poco se anunció el 31º ganador del Premio Pritzker: el arquitecto británico de 73 años Richard Rogers. En la mención se hablaba largo y tendido de su supuesto compromiso con la transparencia social, la sostenibilidad (la palabra mágica hoy en día, aunque no hay dos personas que estén de acuerdo sobre lo que quiere decir), con las aplicaciones humanitarias de la tecnología y con el urbanismo responsable. Pero estos sentimientos altisonantes son menos visibles que el dramático expresionismo estructural de sus proyectos, desde el Centro Pompidou de París (diseñado con Renzo Piano en 1971) hasta la Cúpula del Milenio de Londres (1996-1999), pasando por la recientemente inaugurada Terminal 4 del aeropuerto de Barajas en Madrid (creada con la colaboración de Antonio Lamela). A lo largo de los años, Rogers ha establecido un repertorio formal que encarna una especie de tecnorromanticismo. Enormes cerchas de acero y cubiertas volantes crean espacios pensados para ser “flexibles”, pero que en ocasiones no parecen adecuados para el uso concreto al que están destinados. También da gran importancia a los servicios mecánicos como los ascensores y las tuberías, que se exageran de manera retórica. Recicla las imágenes maquinistas de los principios del movimiento moderno, pero sin su desafiante visión utópica. Se trata de una especie de revival futurista para la sociedad moderna de consumo de masas a través de edificios que a veces parecen artilugios colosales.
Richard Rogers es un personaje influyente en el Reino Unido y es asesor del alcalde de Londres, Ken Livingstone, que dice ser de izquierdas, pero da su apoyo a la fiebre por construir rascacielos que seguramente se ajusta a los objetivos de la actual plutocracia internacional. Ha surgido un doble discurso en torno a los temas de urbanismo que pretende satisfacer a la vez los intereses públicos y privados, algo así como el equivalente arquitectónico de la llamada “tercera vía” de Tony Blair.
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Tags: arquitectura, Premio Pritzker, Richard Rogers, Terminal 4 de Barajas
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