Los Nuevos Rascacielos. Los nuevos Colosos.

Las Grandes Gemelas. (Petronas Towers, Kuala Lumpur, Malasia) Construidas en 1998, fueron diseñadas por el arquitecto argentino César Pelli, que optó por una estética inspirada por la tradición artística islámica. El complejo cuenta con 88 pisos, y alcanza una altura total de 452 metros. Las dos torres de oficinas están unidas por el denominado Skybridge, una pasarela de doble altura entre los pisos 41 y 42 de cada torre. La construcción de las Torres Petronas comenzó en 1994, y en ella se utilizaron dos equipos, uno de coreanos y otro de japoneses. Cada equipo se hizo cargo de una torre, compitiendo entre sí por lograr el mejor y más rápido trabajo. Las dos torres suman una superficie total de 350.000 metros cuadrados, tienen 78 ascensores y permiten disfrutar de fantásticas vistas de la capital de Malasia a través de sus 32.000 ventanas. Ostentan varias plusmarcas mundiales más, entre ellas el más grande y más pesado amortiguador eólico del mundo (que le permite al complejo soportar terremotos de hasta 7 grados en la escala de Richter).

Gigante Destronado. (Taipei 101, Taiwán, China) Sobrepasó a las gemelas en 2004 por una altura de 57 metros. Cuenta con 101 pisos por encima del suelo –de ahí se nombre- y otros cinco subterráneos, y la aguja que corona sus 509 metros de altura lo convierte en el rascacielos más alto del mundo en superar una altura de medio kilómetro. Resultan especialmente impresionantes sus ascensores, que son los más rápidos del planeta: tardan tan sólo 37 segundos en llevar 30 personas desde el quinto piso hasta el piso 89, alcanzando una velocidad de 16,83 metros/segundo.
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Reflexión a toda costa

En las dos últimas décadas, las metrópolis del sur de Europa y del Mediterráneo se han convertido en destino de los flujos migratorios europeos, tanto internos como externos, particularmente procedentes del norte. Paralelamente, se está registrando en las costas un proceso de dispersión urbana de grandes dimensiones y rápido crecimiento. En poco menos de treinta años, buena parte de las ciudades y regiones metropolitanas europeas han duplicado -y en ocasiones, triplicado- la ocupación del suelo urbano en relación a su historia anterior.
España es el segundo país en el ránking mundial de número de turistas y ganancias del sector. Vive el proceso de urbanización más acelerado de su Historia. La costa mediterránea concentra actualmente al 44 por ciento de la población y al 42 por ciento del PIB. En las provincias costeras del Mediterráneo se concentran 17 millones de habitantes, cifra que, según estimaciones oficiales, ascenderá a 21 millones en el año 2020. Por su velocidad de desarrollo y sus niveles de concentración, equiparables a los de Shanghai, Río de Janeiro o Tokio, la costa mediterránea española se ha convertido en la primera megalópolis europea. A partir de la constatación de esta situación, se hace preciso reflexionar sobre el desarrollo del turismo de masas y la sobreurbanización del literal costero, haciendo hincapié en los efectos causados, un asunto de reflexión ineludible.
Del compromiso con esta reflexión parte el equipo integrado por Manuel Gausa, Silvia Banchini y Luis Falcón, que se han propuesto analizar sus fenómenos a través de las actividades de la asociación Intelligent Coast (www.intelligentcoast.es), una de las cuales ha sido el simposio realizado a finales de julio en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona bajo el título de Turismo XXL. La Megalópolis Europea.
Superurbanizado. La idea de este formato parte de la lectura de la costa mediterránea como un territorio superurbanizado, en sintonía con los postulados generados durante los años 90 por Rem Koolhaas y la visión expuesta por MRVDV en Costa Ibérica. Pero, esta vez, el análisis propuesto por Manuel Gausa y su equipo encuentra un sólido punto de rigor y comprende que se trata de un tema que debe ser estudiado y discutido de forma plural, alejado de actitudes de intelectualismo lúdico, localizando a todos los actores involucrados (políticos, arquitectos, urbanistas, promotores urbanísticos, ecologistas, empresarios turísticos, compañías aéreas de bajo coste) y abriendo un debate basado en la formulación de las preguntas necesarias para analizar, desde una perspectiva global, el estado de la cuestión del turismo en la costa mediterránea española en sus diferentes dimensiones.
Las ponencias se distribuyeron en tres bloques, analizando las dinámicas del fenómeno de la densificación costera a nivel global; la actividad de los agentes implicados en la creación de nuevos modelos de planteamiento urbano, responsables de políticas territoriales y diferentes sectores de la empresa privada; y, finalmente, el examen a diferentes proyectos internacionales, planteando diferentes criterios sobre cómo intervenir en los territorios costeros. El simposio se planteaba ante todo desde la formulación de preguntas: quiénes son los agentes responsables, señalando y reflexionando las directrices para el desarrollo de la costa; qué conflictos y beneficios contienen las actuales políticas de gestión y las dinámicas de ocupación y estructuración de los territorios; cómo producir nuevos modelos de espacio costero; cómo generar una situación en la que se equilibre la protección ecológica y calidad del entorno con los intereses económicos.
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De lo decadente a lo delirante
Inmersos en la sociedad del espectáculo, toca un cambio de tercio. La ciudad de los rascacielos ya no fascina más que a los incondicionales y nostálgicos.
De las treinta y tres megalópolis previas para 2015, veintisiete estarán localizadas en los países subdesarrollados y diecinueve en Asia. Tokio será la única ciudad rica que figurará en la lista de las diez más grandes. Ahora, las ciudades que crecen más rápidamente son Riyad, Jartum y Jidda, todas ellas a más de 5% anual. Los desplazamientos masivos y las concentraciones metropolitanas resultantes no serán, en muchos casos, precisamente “racionales”; antes al contrario: el destino es sumamente caótico y lo que tendremos será el colmo de lo desacogedor. La ciudad es el territorio de la máxima ansiedad, donde los flujos acaban siendo vertiginosos. Nueva York, que ha sido durante el siglo XX el modelo de la “arquitectura delirante”, es, en buena medida, una pieza de museo.
Pálida Sombra. No exagero cuando pienso que es la pálida sombra de lo que fue y que su vigor prácticamente se ha agotado. Si tras la demolición terrorista de las Torres Gemelas se ha vuelto, no cabe duda, mucho más “segura”, también se siente que el golpe ha dejado a este organismo monstruoso –por ejemplar un término boxístico- grogui. Mientras el precio de la vivienda sube, los artistas y muchos que nunca pensaron serlo tienen que buscarse la vida al otro lado del río, contemplando el skyline como aquello que ya no les pertenece. La remodelación del MoMA fue, tal vez, el toque de campana definitivo, el aviso de que el último round sería una extraña mezcla de glamour, cinismo y patetismo. Nueva York ha entrado –siento decirlo, pues he sido un fanático de este barullo- en la disneyficación inevitable; el imaginario flácido necesita tan sólo de los destellos de Times Square y de los relojes de pega de Chinatown. Darse una vuelta, a estas alturas, por Chelsea supone entregarse al desencanto sin asideros: una ración vomitiva de cursilería (mala pintura figurativa, porcelana neo-kitsch y decoración descarada) o de guiños de complicidad política, baladas de la derrota a precios de infarto.
Corrosivas Alegorías. Llevan en esas horas un lustro, y de la sensación de que se pasan todas las críticas por el arco del triunfo. Se agarraron sin mucha convicción al momento operístico-manierista de Matthew Barney, pero no fueron capaces ni siquiera de entender lo corrosivo de sus alegorías. Recuerdo cuando en un pasaje del ciclo Creamaster hico que unos automóviles chocaran entre sí en el hall del Chrysler Building para, convertirlos en chatarra, ser comprimidos y sometidos a un proceso alquímico que finalmente servía para hacer un empaste. Pero no hay ortodoncia que corrija nuestra dentadura destartalada: no es fácil masticas la cruda realidad tras la sobredosis (estética) de gominotas. Mientras Nueva York se cuece en una salsa espesa e indigesta, despuntan otras ciudades globales como Shanghaim que fascina por su arquitectura y por su incontestable dinamismo. Conviene recodar que Shanghai tenía en 1900 una población de 37.000 personas, mientras que Pekín ya contaba con más de millón de habitantes. En 1937, sin embargo, Shanghai ya albergaba a 3,5 millones de personas, más de dos veces y media la población de la antigua capital imperial. Según recuerda Joel Kotkin, además de desempeñar el papel de bullicioso centro comercial europeo, esa ciudad se había convertido en un foco de gansterismo, “Si Dios permite que Shanghai perdure –sugería un misionero- habrá que pedir perdón a Sodoma y Gomorra”. China se urbanizó bajo el brazo de Mao, que trató de acabar con el dominio de las “corruptas” ciudades costeras con mayor lentitud que el resto de los países asiáticos.
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Nueva York-Shanghai, del XX al XXI
Hace ya tiempo que sobre Nueva York se depositan miradas y sentimientos nostálgicos, melancólicos, llenos de recuerdos heroicos, precisamente los que le permitieron convertirse durante los primeros cincuenta o sesenta años del siglo pasado en una promesa, en una tentación, en un modelo inalcanzable, sinónimo de modernizar, de americanizar la vida entera como un sueño hecho de realidades, como un horizonte lleno de expectativas y de una frenética actividad constructiva, de un hacer inagotable, incansable, productivo, sin ataduras, rápidamente cambiante, en su perfil recortado sobre los cielos y en su extensión territorial.
Tumultuoso desorden. El delirio de Nueva York fue posible, como afirmara Rem Koolhass en su sintomático Delirious New York (1978), gracias también a que su tumultuoso desorden era la consecuencia inevitable del orden en la cuadrícula de la trama urbana, cuya disponibilidad parecía destinada a ser colmada con una densidad de artefactos que cumplían retos cada vez más insólitos, constructivos, arquitectónicos, industriales, tecnológicos, económicos, simbólicos, sociales, míticos y reales, pero, sobre todo, en altura. Así, sin pasado memorable o histórico, Nueva York se convirtió -y en especial Manhattan- en sólo presente y también, para muchos, en modelo de lo metropolitano, en su representación más espectacular, teatro no de recuerdos, historias o mitos, sino del hoy y del mañana. Su representación, aunque rozara la retórica, persuadía sobre lo moderno, sobre lo actual, sobre la libertad que era capaz -también en forma de estatua monumental, regalada por los masones de Francia a la ciudad que se fugaba de sí misma, por medio de prodigiosos puentes e insólitas y premonitorias autopistas, creciendo sobre su presente- de anunciar una promesa, ya tuviera aquella famosa escultura su real antorcha en su mano levantada, faro que ilumina y guía a los extraviados del mundo, de todos los otros mundos -muchos de ellos pasaron por la isla de Ellis-, o la inquietante e imaginaria espada con la que la vio, por medio de Karl Rossmann, Kafka en su conocida América: «Su brazo con la espada se irguió como un renovado movimiento, y en torno a su figura soplaron los aires libres». Soplaron, pues, ¿con la antorcha o con la espada? No se ha sabido nunca que es o fue más real. Si fue verdad que los aires se aceleraron al moverse la espada, según Rossmann-Kafka, es posible que haya que creerlos, ya que el propio Kafka escribía en su novela que «en las honduras invisibles de las calles continuaba seguramente la vida a su manera». Como si la luz de la antorcha fuese la memoria impuesta por la vieja Europa -llena de mitos, leyendas, dolor y deseos-, y la espada, la destinada a hacer desvanecerse en el aire -como escribiera maravillosamente Marsahll Bermann-, la representación de la metrópoli moderna y libre, su construcción, entre futurista, contemporánea y también, como ya comienza a decirse ahora, piranesiana. Como si Nueva York se hubiese transformado en Historia o, al menos, en objeto de melancólicas y nostálgicas meditaciones, tanto como las que pueden promover las tópicas sobre las ruinas y sus épicos recuerdos.
Lleno de promesas. Ciudad sin historia, sin pasado, puso en escena el espectáculo de lo moderno, de lo metropolitano, cuyas imágenes más consolidadas han sido, sin duda, los rascacielos de Manhattan, llenos de promesas y futuros, de mitos y esperanzas. Loos, Le Corbusier, Mies, los constructivistas soviéticos, todos, querían americanizar la vida y sus revoluciones. Y, sin embargo, hace tiempo que los rascacielos y las infraestructuras de Nueva York son historia, incluidos sus puentes y autopistas, aunque no ocurra del todo «en las honduras de las calles», que ya eran historia antes, pero no memorable, sino cotidiana. ¿Qué significaba y significa esa observación? Posiblemente que Nueva York fuera percibida tempranamente como una ciudad que estaba, al final, destinada a convertirse en Historia, heroica, sí, pero en Historia. No es cuestión de repasar la construcción de sus edificios y rascacielos, sus legendarias aportaciones, sus retos a la altura y a la física, a la economía y a lo práctico. Nueva York se sabía moderno por actual, aunque casi desde el comienzo iniciase su autorrepresentación, su simulación, su ser escena y espectáculo del mundo, casi como Roma, como Venecia, como París, como Berlín, como Londres, aunque estas ciudades lo fueran antes y en diferente forma.
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Tags: Nueva York, Shanghai, urbanismo
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