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Una pila de inconvenientes

Nueva York ahora también adquiere edificios-objeto. La ciudad ya cuenta con su edificio de sofisticado y minimalista diseño japonés. El nuevo edificio del New Museum, situado en el downtown de Manhattan, y diseñado por SANAA -el equipo dirigido por Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa-, se inauguró en diciembre concebido -según los responsables de la institución- «para ser sede para el arte contemporáneo y como incubadora para nuevas ideas, además de como contribución al paisaje urbano neoyorquino». Su propuesta fue la definitivamente elegida entre la selección final de proyectos, compuesta por las de Reiser + Umemoto, Ábalos y Herreros, Gigon / Guyer y David Adjaye.

El edificio se emplaza en la calle Bowery, que hasta hace relativamente poco fue una zona urbana conflictiva y que conserva aún un cierto aire de degradación. La intensidad de este carácter se ha querido plantear, por parte sobre todo de la institución comitente, como un factor relevante para la concepción del proyecto. No obstante, y en contraposición a esos propósitos, el New Museum de SANAA es finalmente y ante todo un monumento-icono que no conecta con su entorno. Su posición deliberadamente autista muestra claramente cuáles son las intenciones del centro, que tienen seguramente más que ver con distinguirse mediante un trabajo «de postal», antes que brindar al deteriorado barrio un edificio dotado de sentido que actúe como auténtico catalizador de mejora.

Emplazado entre una serie heterogénea de construcciones de pequeño y mediano tamaño de diversos tipos y funciones, el edificio, de 53 metros de altura, destaca dentro de este descuidado territorio urbano por su presencia luminosamente blanca y por su estructura formal conformada por seis bloques rectangulares apilados. La ubicación del inmueble entre un solar muy estrecho de 22 metros de anchura y 34 de profundidad suponía un factor de complejidad añadida para una sede que debía acoger un programa ambicioso y complejo, fundamentalmente demandando galerías de exposición abiertas y flexibles, de diferentes alturas y atmósferas.

La idea de las cajas apiladas apareció como una estrategia lógica para resolver esta situación problemática: «Éramos conscientes de que no podríamos maximizar el lugar con arquitectura sólida. Debimos reducir la masa del edificio para crear espacio entre éste y el perímetro», explican Sejima y Nishizawa. «La solución de las cajas desplazadas apareció rápidamente, de manera intuitiva. Luego, mediante un proceso de prueba y error, definimos la configuración ideal final».

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Tags: Kazuyo Sejima, New Museum, Nueva York, Ryue Nishizawa
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  • Escrito por: noti | 09 Jul 08 | Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa | Read on | Comentarios (0)

    Nueva York, un paso atrás

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    La isla de Manhattan tiene una nueva hambre. El hambre de nuevas construcciones firmadas por grandes nombres. Después de la traumática pérdida de edificios-símbolo como las Torres Gemelas, Nueva York vive una etapa intensa de renovación urbana. Richard Meier, Jean Nouvel, Renzo Piano, Bernard Tschumi, Santiago Calatrava, Frank Gehry, Norman Foster o Richard Rogers son algunos de los arquitectos con proyectos en la ciudad de los rascacielos.

    Warhol decía que hasta los árboles trabajan sin parar en Nueva York, procurando día y noche el oxígeno que consumen sus habitantes y sus industrias. Y algo así puede decirse ahora de la actividad constructora, que no acusa la crisis del sector en el resto del país sino que parece intensificarse sin fin. Una nueva moda -cuyo punto de arranque fueron las torres de apartamentos de Richard Meier frente al Hudson- está modificando el real estate, ahora necesitado de la plusvalía del autor e incluso del toque europeo en algunos casos. El tablero de juego se modifica paulatinamente y todos mueven pieza, estableciéndose diferentes frentes. El de los europeos es cuando menos curioso. Jean Nouvel termina en Soho, en Mercier Street, unos apartamentos que han sorprendido por lo último que podría imaginarse viniendo de Nouvel: por ser indiferentes, una emulación de la tipología de fachada de hierro fundido un tanto rutinaria, “engordando” las dimensiones esperables de los elementos, seguramente por los códigos americanos (un engorde que acusan otros edificios como el Hearst de Foster).
    Pero no es el único en dejar un sabor agridulce y quizás sea mejor no comentar los delirios de Calatrava cada vez más ensimismado en su genialidad cursi, ni la fealdad de los azulados volúmenes residenciales construidos por Bernard Tschumi, compitiendo posiblemente en la carrera por el muro cortina más vulgar jamás levantado… Herzog & De Meuron terminan un lujoso bloque de apartamentos para Ian Schrager en Bond Street cuya interpretación de la fachada de hierro fundido es sorprendentemente sofisticada, envolviendo acero inoxidable semicilíndrico en tubos de vidrio con similar sección creando un juego de reflejos hipnótico, que absorbe la luz solar dejando dibujada una retícula como de líneas de neón que captura instintivamente la mirada del peatón… Rem Koolhaas, el autor de Delirious New York, con una pequeña oficina abierta a pesar de sus desencuentros con la ciudad, realizará unos apartamentos en Nueva Jersey así como el importante proyecto que desarrolla para Cornell (Ithaca), pero nada en Nueva York. Nada, tampoco, de Peter Eisenman, el otro arquitecto, éste americano, cuya biografía está tan unida a Nueva York como lo está la de Woody Allen y aún sin estrenar en la ciudad. Sin embargo, el otro maestro americano, Frank Gehry, ha terminado su primer edificio en Manhattan, una pequeña pero interesante alcachofa de vidrio serigrafiado que consigue bellísimos efectos plásticos con un material más comercial que el titanio y que, pese a tratarse de una imposición del cliente, parece haberle gustado pues lo empleará de nuevo a gran escala en París para la Fundación Louis Vuitton.
    Al sur de Manhattan, como si el lugar estuviese maldito, David Childs (SOM), tras apoderarse del plan de Libeskind para la “zona cero” y destrozar patéticamente lo poco que tenía de bueno el original (su carácter simbólico y coreográfico), propone lo que, si llega a materializarse, será el mayor símbolo de la historia representando exactamente lo contrario de lo que quiere representar: la Freedom Tower con su base maciza antibombas, su geometría bastarda de la de Libeskind y su patética coronación (los molinos de viento como imagen de la libertad no dejan de hacer risa a toda la profesión y The New York Times ya ha avisado varias veces del dislate) será sin duda el mayor símbolo de la decadencia del imperio y de la falta de la libertad, genio y pulso creativo que lo hicieron grande. No contento con ello, se ha rodeado de un coro de torres firmadas por Foster, Rogers y Maki, supuestamente coordinadas (de hecho se trabaja en una misma oficina en el sitio), cuya total falta de sentido coreográfico e incluso del valor individual que por lo menos Foster y Maki habitualmente exhiben culmina el sinsentido que todo el lugar ha adquirido en manos de su propietario Silverstein (sólo el elegante muro cortina y el lobby de James Carpenter que envuelve la WT7, ya construida, puede dar lugar a un comentario positivo). Merece mención aparte la debilidad del proyecto de Norman Foster, pues se trata de un lugar en el que ensayó una de sus propuestas en altura más bellas, reproducida más tarde en la portada del catálogo de la exposición Tall Buildings del MOMA, cuyo trasunto pragmático, la Hearst Tower, ha terminado acertadamente más arriba en Manhattan, en la Octava Avenida, reduciendo su silueta característicamente diagonal astutamente a las esquinas de modo que sin el más mínimo riesgo tipológico se consigue el máximo efecto icónico.

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    Tags: arquitectura, Bernard Tschumi, Frank Gehry, Jean Nouvel, Manhattan, Norman Foster, Nueva York, Renzo Piano, Richard Meier, Richard Rogers, Santiago Calatrava, urbanismo
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  • Escrito por: noti | 25 Jul 07 | Opinion | Read on | Comentarios (0)

    Nueva York-Shanghai, del XX al XXI

    shanghai.gifHace ya tiempo que sobre Nueva York se depositan miradas y sentimientos nostálgicos, melancólicos, llenos de recuerdos heroicos, precisamente los que le permitieron convertirse durante los primeros cincuenta o sesenta años del siglo pasado en una promesa, en una tentación, en un modelo inalcanzable, sinónimo de modernizar, de americanizar la vida entera como un sueño hecho de realidades, como un horizonte lleno de expectativas y de una frenética actividad constructiva, de un hacer inagotable, incansable, productivo, sin ataduras, rápidamente cambiante, en su perfil recortado sobre los cielos y en su extensión territorial.
    Tumultuoso desorden. El delirio de Nueva York fue posible, como afirmara Rem Koolhass en su sintomático Delirious New York (1978), gracias también a que su tumultuoso desorden era la consecuencia inevitable del orden en la cuadrícula de la trama urbana, cuya disponibilidad parecía destinada a ser colmada con una densidad de artefactos que cumplían retos cada vez más insólitos, constructivos, arquitectónicos, industriales, tecnológicos, económicos, simbólicos, sociales, míticos y reales, pero, sobre todo, en altura. Así, sin pasado memorable o histórico, Nueva York se convirtió -y en especial Manhattan- en sólo presente y también, para muchos, en modelo de lo metropolitano, en su representación más espectacular, teatro no de recuerdos, historias o mitos, sino del hoy y del mañana. Su representación, aunque rozara la retórica, persuadía sobre lo moderno, sobre lo actual, sobre la libertad que era capaz -también en forma de estatua monumental, regalada por los masones de Francia a la ciudad que se fugaba de sí misma, por medio de prodigiosos puentes e insólitas y premonitorias autopistas, creciendo sobre su presente- de anunciar una promesa, ya tuviera aquella famosa escultura su real antorcha en su mano levantada, faro que ilumina y guía a los extraviados del mundo, de todos los otros mundos -muchos de ellos pasaron por la isla de Ellis-, o la inquietante e imaginaria espada con la que la vio, por medio de Karl Rossmann, Kafka en su conocida América: «Su brazo con la espada se irguió como un renovado movimiento, y en torno a su figura soplaron los aires libres». Soplaron, pues, ¿con la antorcha o con la espada? No se ha sabido nunca que es o fue más real. Si fue verdad que los aires se aceleraron al moverse la espada, según Rossmann-Kafka, es posible que haya que creerlos, ya que el propio Kafka escribía en su novela que «en las honduras invisibles de las calles continuaba seguramente la vida a su manera». Como si la luz de la antorcha fuese la memoria impuesta por la vieja Europa -llena de mitos, leyendas, dolor y deseos-, y la espada, la destinada a hacer desvanecerse en el aire -como escribiera maravillosamente Marsahll Bermann-, la representación de la metrópoli moderna y libre, su construcción, entre futurista, contemporánea y también, como ya comienza a decirse ahora, piranesiana. Como si Nueva York se hubiese transformado en Historia o, al menos, en objeto de melancólicas y nostálgicas meditaciones, tanto como las que pueden promover las tópicas sobre las ruinas y sus épicos recuerdos.
    Lleno de promesas. Ciudad sin historia, sin pasado, puso en escena el espectáculo de lo moderno, de lo metropolitano, cuyas imágenes más consolidadas han sido, sin duda, los rascacielos de Manhattan, llenos de promesas y futuros, de mitos y esperanzas. Loos, Le Corbusier, Mies, los constructivistas soviéticos, todos, querían americanizar la vida y sus revoluciones. Y, sin embargo, hace tiempo que los rascacielos y las infraestructuras de Nueva York son historia, incluidos sus puentes y autopistas, aunque no ocurra del todo «en las honduras de las calles», que ya eran historia antes, pero no memorable, sino cotidiana. ¿Qué significaba y significa esa observación? Posiblemente que Nueva York fuera percibida tempranamente como una ciudad que estaba, al final, destinada a convertirse en Historia, heroica, sí, pero en Historia. No es cuestión de repasar la construcción de sus edificios y rascacielos, sus legendarias aportaciones, sus retos a la altura y a la física, a la economía y a lo práctico. Nueva York se sabía moderno por actual, aunque casi desde el comienzo iniciase su autorrepresentación, su simulación, su ser escena y espectáculo del mundo, casi como Roma, como Venecia, como París, como Berlín, como Londres, aunque estas ciudades lo fueran antes y en diferente forma.

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    Tags: Nueva York, Shanghai, urbanismo
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