El quehacer de construir
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El título que he dado a estas breves consideraciones sobre la obra de uno de los más grandes arquitectos españoles de la segunda mitad del siglo XX, Francisco de Asís Cabrero Torres-Quevedo (1912-2005), pudiera parecer una obviedad y, sin embargo, constituye la clave misma de su obra. Nació en Santander, de familia de armadores de barcos y durante toda su vida fue un viajero y un navegante, primero literario e imaginario (le apasionaban Julio Verne y Stevenson, entre otros) y, después, apasionado y real, extraviándose por los lugares más recónditos de la Tierra, equipado con lo mínimo y esencial, muy bien ordenado, como si su equipaje fuera un correlato de su arquitectura. O al revés. De la familia de su padre aprendió a construir y vivir metáforas, sueños y enigmas y de la de su madre heredó el amor por la precisión de la ingeniería, por las estructuras claras y por la invención, siempre pendiente de su valor atemporal, casi antropológico, sin renunciar a la historia ni a su propio tiempo.
Primero pintor. Quiso primero ser pintor y parecía inevitable que así fuera ya que su padre, José Cabrero, lo fue y residió en París en los años fértiles de la construcción de la modernidad y las vanguardias, entre 1898 y 1908, compartiendo la vida, las pasiones y tertulias con españoles como Zuloaga, con su gran amigo Solana, con Durrio e Iturrino, con Picasso, de cuya trayectoria hacia el cubismo desconfiaba. Le apasionaban Puvis de Chavannes, Rodin, Van Gogh y Gauguin. Su hijo Francisco de Asís nutría, por tanto, su afición por la pintura en la propia biografía familiar, tan vinculada a la modernidad, pero su padre insistió en reconducir sus estudios hacia la arquitectura, como así hizo, aunque nunca dejara de pintar, como si en la pintura concentrase los temas y recuerdos de su vida, como en unas memorias que escribiera y reescribiera constantemente. En Madrid, al iniciar sus estudios de arquitectura a inicios de los años treinta, contó, por mediación de su padre, con las indicaciones y ayuda de uno de los arquitectos más notables de ese momento, Teodoro de Anasagasti, aunque también tuvo como profesores a Torres Balbás y Luis Moya, cuyas lecciones sobre construcción y bóvedas tabicadas serían tan importantes para sus primeras obras, desde sus viviendas de Virgen del Pilar, en la Avenida de América, en Madrid, de 1948, a su primera intervención, con Jaime Ruiz, en la Feria del Campo de Madrid, proyectada el mismo año.
Viaje auroral. Su carrera se vio cruzada dramáticamente, como la de tantos otros, por la Guerra Civil, titulándose finalmente en 1942, en la misma promoción que Fisac o Fernández del Amo, aunque antes, en 1941, tuvo oportunidad de realizar un viaje auroral a Italia que sería decisivo en su obra, sobre todo en la de los primeros años. De la Italia de Mussolini se apropió de la metafísica y enigmas de Giorgio de Chirico, al que visitó en Milán, así como del racionalismo y del monumentalismo abstracto de arquitectos como Terragni, Libera o La Padula, aunque también se interesó por las soluciones planteadas en torno al problema de la vivienda. Experiencias todas ellas que no tardaría en incorporar a sus primeros proyectos, desde su extraordinaria propuesta para la Cruz del Valle de los Caídos, que tanto debe figurativa y compositivamente al Palazzo della Civiltà Italiana, en el EUR (Roma), de La Padula, al tardíamente admirado edificio para la Delegación Nacional de Sindicatos (hoy Ministerio de Sanidad), en Madrid, proyectado en 1948-49 y construido junto con Rafael Aburto, frente al Museo del Prado, o al temprano y complejo proyecto, de 1942, para la construcción de un barrio de 350 viviendas en Béjar (Salamanca), heredero de modelos italianos, pero también de propuestas, de 1932, del arquitecto bilbaíno Emiliano Amann y de otras experiencias centroeuropeas. Son los años en los que pinta su Autorretrato (1942), tan dechirichiano que aún inquieta. En este sentido, no puede ser anecdótico que, todavía en 1975, al finalizar una conferencia en la Escuela de Arquitectura de Sevilla, y ante la pregunta de un asistente sobre qué era lo importante en arquitectura, respondiese que lo importante era «el misterio».
Tags: construir, Francisco de Asís Cabrero Torres-Quevedo, Santander
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