Diálogos en Silencio

“La Ciudad Portátil” –Eduardo Gruber-
Palacio de la Caja Cantabria, Santillana del Mar
hasta el 16 de Septiembre
Tras sus pinturas dedicadas a las ciudades –como las de la exposición de Tijuana-Frankfurt-, sus escenografías –como la de la ópera Der Freischüz, de Carl Maria von Webwr-, y sus trabajos directamente relacionados con la arquitectura –como el diseño de los edificios del saneamiento Saja-Besaya de la Confederación Hidrográfica del Norte-, Eduardo Gruber (Santander, 1949) ha instalado nueve grandes cubos, de cuatro metros de lado, entre los árboles solemnes de un jardín agreste. En algunos, una estructura de mecanotubos de soporte visible a la retícula formada por listones de madera pintada de blanco de manera imperfecta. Las vetas medio visibles, la irregularidad de las maderas, las anotaciones a lápiz, los lazos de sujeción, remiten al trazado medido y gestual de las estructuras arquitectónicas que protagonizan sus pinturas recientes. Cada obra, con un fuerte aliento poético de intervención dialogante, respetuosa, va apareciendo escondida en el bosque como una sorpresa nacida de lo regalado, entre el sentido intuido y profundo de lo natural.
Vocación de Transparencia. Son viviendas trasparentes, casas permeables, jardines zen, lugares para la meditación, celosías, construcciones traslúcidas, cristalinas, arquitecturas para soportar lo imaginario al margen de toda utilidad. Su vocación de transparencia se manifiesta y subraya en el fragmento mágico de muro construido con trozos de listones, a modo de ladrillos, unidos o separados, en vez de por argamasa, por aire. La ubicación de cada obra –adecuada para un recorrido estimulante-, y el acierto de la escala –en una medida que permite la concurrencia de lo paisajístico, lo arquitectónico y lo escultórico (el espacio del hombre y del árbol, la presencia del aire entre las hojas, entre las celosías, la constancia del vacío)- son determinantes en la exaltación que provoca el paseo. Podemos ver pájaros, erizos, lechuzas, como aportación del medio a la convivencia que proponen estas no-jaulas, abiertas a un bosque igualmente transparente. Otra característica definitoria es la del tránsito, la integración, la prolongación en el paisaje, las diferentes formas de diálogo de cada obra con su entorno. Al lado de una de las construcciones podemos ver algo parecido a un cementerio de pequeños listones verticales manchados de tierra por las salpicaduras de la lluvia; en el exterior de otra, grandes hitos dispersos, líneas rectas que dialogan con la verticalidad de los árboles. Uno de los espacios interiores aparece habitado por un gran plátano de Indias. Cuya copa se pierde en las alturas. Frente a otras de las construcciones diáfanas se extiende un suelo flotante de rectángulos blanco. En todos los casos, la habitación se derrama en una forma de transparencia añadida.
Nos dice Castro Flóres que “arquitectura y bosque se enredan, gracias a Gruber en un simbolismo extremadamente abierto”. Cada una de las obras y, sobre todo, la instalación de todo el conjunto, compone un dialogo con el bosque, unas retículas que surgen entre las retículas naturales, unas celosías entre celosías que, a la vez señalan un enfrentamiento: la línea recta, la medida, la ortogonalidad, el germen de la realidad nombrada frente al misterio indesifrable de lo real.
Paisajes sensoriales. La conversación establecida por cada habitación es más doméstica, más cercana. Al lado de la propuesta general arquitectónica y paisajística, cada fragmento de la celosía deja convertido el bosque en múltiples cuadros, paisajes de vegetación, aire, luz, movimiento, que señalan inevitablemente el discurrir del paseante. El autor ha estado dudando a la hora de poner el título y, por discreción ante las connotaciones excesivamente líricas o manidas, ha optado por la alternativa más llana de “La ciudad portátil”. Hubiera sido mejor la otra posibilidad, “La ciudad efímera”, porque no se entiende qué pueda haber de portátil en la mitad de esta obra, en los árboles, en el espacio, o en el agua de lluvia que ha salpicado la tierra en cada pieza. Por tres veces me han venido ala memoria, al pasear entre las instalaciones de Eduardo Gruber, en la distancia formal y en la cercanía conceptual, algunos trabajos de Navarro Baldeweg: la habitación vacante, las líneas de luz que conforman el espacio, el peso y la verticalidad que, ahora, ponen en conexión los pilares de madera exentos y el equilibrio de los grandes árboles. Es así porque hay nexos comunes, preocupaciones concurrentes que nos hablan de una forma profundamente sensorial de habitar el espacio. En la actual propuesta de Eduardo Gruber hay algo de laboratorio poético en el que se mezclan los elementos estéticos con los aconteceres marcados por las fuerzas de la Naturaleza: diálogos abiertos, silenciosos, entre la propuesta de un delineado poético y cognitivo, y la receptividad activa de lo natural.
Fuente:
ABC 813 - ABCD Las Artes y las Letras
Por Gabriel Rodríguez
Tags: arquitectura, Eduardo Gruber, escultura, exposición, La Ciudad Portátil
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