Retórica Arquitectónica
“Las formas ilusorias en la arquitectura moderna”, de Antón Capitel, Desvela algunas de las estrategias que ha llevado a esta milenaria disciplina a situarse como una de las artes más presentes en la cultura actual.
La arquitectura, en los márgenes de sus herramientas como disciplinas específica que tiende a un hacer concreto dependiente de su condición material, ha tenido siempre presente una dimensión significativa o simbólica. Es decir, aquella función comunicativa, o retórica, se establece socialmente incluso al margen de la intencionalidad consciente del que la proyecta o la construye. Antón Capitel (Las formas ilusorias en la arquitectura moderna, Tanais Arquitectura), ya poseedor de una abundante bibliografía de carácter historiográfico o crítico, ha escrito un libro que atienda una sistematización –apasionada, hay que decirlo- de esta cualidad literaria de la arquitectura. Conviene, desde el principio, aclarar cualquier posible equívoco. No se trata de volver a aquellos intentos, siempre decepcionantes y algo aburridos, de construir una semiótica arquitectónica, y que derivó, en las dudosas aguas de la postmodernidad, hacia los banales relatos de Charles Jencks. Y que tampoco coincide con aquella exigencia de re-semantización de la moderna arquitectura que llevó a Renato de Fusco a situar a ésta como uno de los nuevos medios de comunicación de masas, en la línea que anteriormente había iniciado G. K. Koenig en su Elementari di analisi del linguaggio arquitecttonico.
Propiedad Demostrativa. Capitel retoma, más bien, aquella noción clásica del carácter arquitectónico, que era definida por Quatremére de Quince como, “la capacidad que tiene la obra de manifestar su naturaleza particular y cual es su finalidad”. Es decir, la cualidad de un edificio –por la intencionalidad del creador- para expresar, su condición y objeto. O lo que es lo mismo, una propiedad demostrativa de la arquitectura. Y Quatremère sabía que la disciplina arquitectónica tenía sus herramientas específicas; aquellas que dependían de la configuración geométrica y espacial del edificio, de su escala y de la expresividad no hacía más que continuar con al intuición vitruviana del “decoro”, esa dimensión comunicativa de la arquitectura.
Antón Capital atiende y selecciona para su campo de análisis las arquitecturas que voluntariamente habían ya renunciado a las gramáticas decorativas y a los programas ornamentales para reforzar su significado; las consideradas como modernas. En unas arquitecturas dominadas por el impulso de la abstracción – incluso en las que Capitel selecciona de ese epílogo clasicista del siglo XX – es la metáfora el tropo fundamental de donde deriva la clasificación retórica que el autor utiliza de manera analógica para aproximar la literatura a la realidad material de la edificación. Y las consecuencias no pueden dejar de sorprender al lector no avisado de esta posibilidad de recepción o interpretación de la arquitectura. Un proceso que pertenece, al mismo tiempo, a la intencionalidad del autor, y, las más veces, a la dimensión social de la percepción. Así el tratamiento naturalista de los pilares de la Villa Meirea, de Alvar Aalto, nos introduce, metafóricamente, el bosque de abedules que rodea la casa en el interior. De manera ilusionista (por utilizar el término del autor), elementos con una clara función estructural o constructiva, como es el casi de estas columnas distribuidas con la aleatoriedad de un paisaje artificial o el tratamiento rústico de los escalones de acceso, cobran un aliento poético que transciende su estricta funcionalidad, para, por así decirlo, conducirnos al territorio de la narración literaria. Algo que quizás explica, aquella definición de la columna como el principal ornamento de la edificación que realizara en su tratado de arquitectura Alberti, afirmación aparentemente contradictoria, si no se tiene en cuenta que la aceptación de ornamental se utilizaba en el sentido de reconocer la cualidad expresiva que puede emanar de todo sistema constructivo. Pero la idea de “forma ilusoria” tiene una mayor complejidad en el texto de Antón Capitel, por que la sitúa, también, en el mismo origen del proyecto. En su génesis y conceptualización.
Cultura Tectónica. Tal es el caso de la percepción del peso en la construcción; esa servidumbre de la gravedad que la apariencia visual de la arquitectura ha enfatizado, aceptado o enmascarado, en lo que ha pasado a denominarse como cultura tectónica. Es decir la relación que inconscientemente establecemos entre la forma percibida y el sistema sustentante. En esta confrontación reside uno de los más importantes sustratos de la expresión (o gramática, si aceptamos la analogía lingüística) arquitectónica.
Si la columna clásica se deformaba en el éntasis para reconocer visualmente la realidad del peso del entablamento o la cubierta, el principio corbuseriano de la caja sobre los pilotes sustituía, en uno de los tropos más frecuentes del racionalismo o purismo arquitectónico, la idea de masa por la de volumen. Esto explica esa voluntad de levedad, de ilusión antigravitatoria, de la Villa Saboya. En e caso del constructivismo ruso la voluntad de dinamismo formal es todavía más explícita EL libro de Antón Capitel recoge aquellos ejemplos más conocidos, como es el casi de los proyectos para el Monumento a la Tercera Internacional, de Tatlin o la Tribuna de Lenin, de El Lissitzky; pero, sobre todo aquel efímero pabellón de la URSS, construido por Konstantin Melnikov en al exposición de las artes Decorativas de Paris, en 1925. Una completa disección de la caja constructiva, recorrida diagonalmente por una escalera-corredor, que conducía los flujos de los visitantes a la zona de exposiciones.
Genuina Gramática. Estas metáforas de la producción encerraban en su génesis el deseo de construir una genuina gramática, análoga a la de la técnica de “laboratorio formal” propuesto por las escuelas formalistas, las creadas por los grupos intelectuales en torno al Círculo Lingüístico de Moscú, o la OPOIAZ (Sociedad para el Estudio del Lenguaje Poético). El “objeto constructivo”, de manera análoga al objeto poético, fue tratado, desde su descomposición analítica, como sistema combinatorio formal. Lo que quedaba explícito en los estudio de Chernijov sobre los tipos de “junta constructiva”, una auténtica gramática para regular las posibilidades expresivas de las nuevas formas dinámicas, y, por lo tanto, capaces de cuestionar el principal significado de la arquitectura: la expresión de su estabilidad.
Los casos analizados por Capitel, bajo el prisma de esa condición ilusoria o ilusionista, nos llevan desde las arquitecturas de Asplund, encardinadas en esa derivación clasicista del carácter, a las, aparentemente, más ajenas a la preocupación por el significado, o la metáfora, como sería el casi del Mies van der Rohe, o de nuestro Alejandro de la Sota. Con la loable intuición, desde una indudable pasión por la arquitectura, de demostrar que en la arquitectura moderna, tanto como en la clásica, está contenido ese impulso incontrolable hacia el territorio tan difuso de la fantasía.
De esta manera la arquitectura, su recepción, se aproxima más a una comprensión generalizada. Y aunque este análisis se confiesa como parcial, y no pretende constituirse como método capaz de abarcar toda la complejidad de la obra arquitectónica contemporánea, sí devela algunas de las estrategias que han llevado a esta milenaria disciplina a situarse como una de las artes más presentes en la actual cultura popular.
Fuente: El País. Babelia. 23/02/2007
Por Juan Miguel Hernández León


