De lo decadente a lo delirante
Inmersos en la sociedad del espectáculo, toca un cambio de tercio. La ciudad de los rascacielos ya no fascina más que a los incondicionales y nostálgicos.
De las treinta y tres megalópolis previas para 2015, veintisiete estarán localizadas en los países subdesarrollados y diecinueve en Asia. Tokio será la única ciudad rica que figurará en la lista de las diez más grandes. Ahora, las ciudades que crecen más rápidamente son Riyad, Jartum y Jidda, todas ellas a más de 5% anual. Los desplazamientos masivos y las concentraciones metropolitanas resultantes no serán, en muchos casos, precisamente “racionales”; antes al contrario: el destino es sumamente caótico y lo que tendremos será el colmo de lo desacogedor. La ciudad es el territorio de la máxima ansiedad, donde los flujos acaban siendo vertiginosos. Nueva York, que ha sido durante el siglo XX el modelo de la “arquitectura delirante”, es, en buena medida, una pieza de museo.
Pálida Sombra. No exagero cuando pienso que es la pálida sombra de lo que fue y que su vigor prácticamente se ha agotado. Si tras la demolición terrorista de las Torres Gemelas se ha vuelto, no cabe duda, mucho más “segura”, también se siente que el golpe ha dejado a este organismo monstruoso –por ejemplar un término boxístico- grogui. Mientras el precio de la vivienda sube, los artistas y muchos que nunca pensaron serlo tienen que buscarse la vida al otro lado del río, contemplando el skyline como aquello que ya no les pertenece. La remodelación del MoMA fue, tal vez, el toque de campana definitivo, el aviso de que el último round sería una extraña mezcla de glamour, cinismo y patetismo. Nueva York ha entrado –siento decirlo, pues he sido un fanático de este barullo- en la disneyficación inevitable; el imaginario flácido necesita tan sólo de los destellos de Times Square y de los relojes de pega de Chinatown. Darse una vuelta, a estas alturas, por Chelsea supone entregarse al desencanto sin asideros: una ración vomitiva de cursilería (mala pintura figurativa, porcelana neo-kitsch y decoración descarada) o de guiños de complicidad política, baladas de la derrota a precios de infarto.
Corrosivas Alegorías. Llevan en esas horas un lustro, y de la sensación de que se pasan todas las críticas por el arco del triunfo. Se agarraron sin mucha convicción al momento operístico-manierista de Matthew Barney, pero no fueron capaces ni siquiera de entender lo corrosivo de sus alegorías. Recuerdo cuando en un pasaje del ciclo Creamaster hico que unos automóviles chocaran entre sí en el hall del Chrysler Building para, convertirlos en chatarra, ser comprimidos y sometidos a un proceso alquímico que finalmente servía para hacer un empaste. Pero no hay ortodoncia que corrija nuestra dentadura destartalada: no es fácil masticas la cruda realidad tras la sobredosis (estética) de gominotas. Mientras Nueva York se cuece en una salsa espesa e indigesta, despuntan otras ciudades globales como Shanghaim que fascina por su arquitectura y por su incontestable dinamismo. Conviene recodar que Shanghai tenía en 1900 una población de 37.000 personas, mientras que Pekín ya contaba con más de millón de habitantes. En 1937, sin embargo, Shanghai ya albergaba a 3,5 millones de personas, más de dos veces y media la población de la antigua capital imperial. Según recuerda Joel Kotkin, además de desempeñar el papel de bullicioso centro comercial europeo, esa ciudad se había convertido en un foco de gansterismo, “Si Dios permite que Shanghai perdure –sugería un misionero- habrá que pedir perdón a Sodoma y Gomorra”. China se urbanizó bajo el brazo de Mao, que trató de acabar con el dominio de las “corruptas” ciudades costeras con mayor lentitud que el resto de los países asiáticos. Ciento Cincuenta Torres. La burocracia comunistas, instalada en Pekín, hizo que esta urbe tomara de nuevo la delantera de Shanghai, a la que en 1970 llegóa duplicar. Los programas “modernizadores” de Deng Xiaoping favorecieron la inversión extranjera (en un primer momento, principalmente capital de Hong Kong, Taipei y Singapur) y, por supuesto, la iniciativa privada, y así pudo resurgir Shanhgai donde se emprendió uno de los proyectos de infraestructuras más ambiciosos del mundo que incluía la red de metro y la reestructuración del aeropuerto. En 1990 se comenzó a edificar el área de Pudong que es, de hecho, una ciudad completamente nueva, en la otra orilla del río Huangpu, con más de 150 torres de oficinas. Las guías de la ciudad recomiendas que tomes un bloody mary en al Oriental Pearl Tv Tower aunque si, como a mi me sucedió, sucumbes a la tentación, no tendrás un buen sabor de boca. Tal vez sea mejor ascender a la torre Jim Mao y, una vez que el flash metropolitano ha causado efecto, disfrutar de una cena en el fashion club La Fabrique dodne podemos sentirnos en un “no-lugar” (altamente esterilizado) ultracontemporáneo.
Shanghai es unote los ejemplos perfectos de una ciudad que lleva hasta sus últimas consecuencias el delirio de la “cultura arquitectónica de la congestión”. Saskia Sassen señala que estamos asistiendo a la formación de un centro transterritorial construido en parte por el espacio digital, a través de las intensas transacciones económicas de la red de ciudades globales: “La integración de la ciudad en esta nueva centralidad trasnacional nos deja entrever a su vez una geopolítica. Las grandes ciudades se convierten en lugares estratégicos, no solamente par el capital global, sino también para el trabajo de los emigrantes y para la construcción de comunidades e identidades translocales. En este sentido, las ciudades llegan a ser el foro de actividades culturales.” Por su parte, Joel Kotkin piensa que una economía orientada al espectáculo, al turismo y a la funciones “creativas” resulta poco apta para proorcionar una movilidad ascendente a algo más que una pequeña parte de la población: “Los gobiernos municipales, centrados en gran medida en potenciar la cultura y construir edificios espectaculares, puede que tiendan a descuidar otras industrias más prosaicas, la enseñanza básica o las infraestructuras. De seguir este rumbo, es probable que se conviertan aún más en ciudades duales, formadas por una elite cosmopolita y una numerosa clase integrada por quienes atienden a las necesidades de ésta a cambio de bajos salarios”. La cultura funciona, una vez más, como el barniz o la guinda del pastel, pero también como un índice del desarrollo metropolitano. Cuando visitamos, por ejemplo, el Museo de Arte Contemporáneo de Shanghai, con una programación internacional, con un afán de integrarse en el mainstream, comprobamos que todavía el himno del Impero se entona en inglés.Si en la región del delta del río Perlas (con Hong Kong, Ahenzhen, Guansghou, Dongguan y Zhuhai) surge lo que Koolhaas llama “la ciudad de la diferencia exacerbada”, esto es, encontramos desde la planificación masiva hasta la proliferación del decorado urbano más pintoresco, en Shanghai se materializa una confusión despreocupada; esa Babel indiferente no deja de crecer e incitar al consumo. Puede que exista una ecología del shopping (una red infinita de flujos e intercambios de compradores, detallistas, bienes, información y dinero) que es una mezcla de paraíso y el antro de la tortura en masa.
Esa Bella Mentira. Agotados por el “optimismo” de Shanghai, podemos buscar un escape, por ejemplo, en Yanghou o Zhujiajiao; a menos de una hora de la metrópoli nos aguarda, conservado por el gusto taxidermicoturístico, lo “primordial”: los canales, las pagodas, los jardines. Aunque esa bella mentira sólo sirva para alimentar nuestros gustos anacronísticos. También su uno quiere puede huir a Nueva York para encontrar el templo minimalista de DIA en Beacon. En una época política y arte tamagochi (esa mascota abstracta que requiere atención continua) buscamos una interpasividad que es, en realidad, un obsesivo ritual del vacío. En lógico que nos recomienden un cóctel infame o que nos entreguemos, sin resistencia, al dentista, aunque sea para tener algo que tragar. Cuando la Gran Manzana no sirve ni para hacer mermelada, la comida, china, la ración occidental que ofrece Shanghai es, todavía, apetecible. En un fragmento del ya clásico S, M, L, XL titulado What Ever Happened to Urbanism? Koolhaas advierte que si debe haber un nuevo urbanismo no se sustentará sobre los fantasmas gemelos del orden y de la omnipresencia, “será la puesta en escena de la incertidumbre, ya no se ocupará de disponer objetos, más o menos permanente, sino de irrigar los territorios de nuevos potenciales”. No tengo claro que Shanghai sea el territorio de lo incierto, pero si parece que aún nos desafía con su aceleración y vitalismo. Su potencial es temible y envidiable.
Fuente:
ABC 795 - ABCD Las Artes y las Letras
Arquitectura y diseño
Por Fernando Castro Floréz
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