La última joya de Miralles
El edificio de la nueva sede de Gas Natural refleja todo el paisaje urbano que lo rodea gracias a una fachada recubierta con cristales ligeramente distorsionados, en cuatro tonos de azul. Una torre de veinte plantas de la que surge un imponente voladizo es la última obra póstuma de Enric Miralles, un arquitecto creativo y osado que convirtió en edificio el paisaje frente al mar de Barcelona.

El arquitecto Enric Miralles veía desde su habitación en un hospital de Houston las nubes reflejadas en el edificio de enfrente. Estaba construyendo en Edimburgo el Parlamento de Escocia y tenía el encargo de levantar en Barcelona el que debía ser su primer edificio en altura, y aquellos reflejos decidieron la textura que tendría la piel de su único rascacielos. Miralles, uno de los mejores y más prometedores arquitectos españoles, fallecido en el 2000 a los 45 años, no llegó a ver acabadas algunas de sus principales obras (el Parlamento, el mercado de Santa Caterina en Barcelona), pero dejó planos, maquetas y directrices que su esposa y socia, Benedetta Tagliabue, ha hecho realidad. La última joya de su herencia es el edificio de Gas Natural.

Vista de la recepción, con suelo de pizarra y paredes recubiertas con un mosaico de maderas con diferentes texturas.
Este edificio raro en el que se refleja Barcelona poco tiene que ver con la típica torre corporativa (ni con el concepto mismo de torre, de hecho) de las grandes empresas. Como muchas de las obras de Miralles, el edificio, recién inaugurado oficialmente, no tiene una lectura sencilla. Para empezar, no existe una fachada principal ni un eje de simetría: cada fachada es diferente y cambia según el punto de vista. Ni siquiera la altura aparente es la real, pues la torre principal, de 85 metros, tiene una cierta inclinación en sus aristas para conseguir un efecto de rascacielos. Pero lo que más impacta –mucho de lejos, pero más aún a sus pies– es la tensión visual de sus volúmenes descompuestos, en especial el voladizo de 35 metros de largo y seis plantas de altura que surge de la mitad de la torre como un portaaviones.

En 1999, el estudio Miralles-Tagliabue, EMBT, ganó el concurso de Gas Natural para levantar una nueva sede que albergara a sus cerca de mil empleados, distribuidos entonces en ocho edificios diferen tes. Su proyecto proponía “una roca esculpida por la fuerza del mar y cambiante como las llamas del fuego”, explica Tagliabue. La fachada es una pantalla de vidrio tratado para que refleje el entorno distorsionándolo, a la manera de los primeros rascacielos de Houston, Dallas o Chicago. En el edificio se proyectan el mar, las torres de la Vila Olímpica, la ronda Litoral, el parque de la Ciutadella… y las nubes. “Miralles veía desde la habitación donde estaba ingresado en Houston un edificio que reflejaba el paso de las nubes. Envió una foto con un texto: ‘Quiero que tenga este efecto’”, revela Antoni Flos, director del proyecto por parte de Gas Natural.

La planta 20, la última del edificio, está concebida a doble altura. En el sobreático se sitúa la sala del consejo, mientras que el ático es el área reservada a la presidencia de la compañía.
Para la compañía, ha sido volver a los terrenos donde se ubicó la primera fábrica de gas de España hace 165 años, de la que queda como recuerdo la torre de aguas, de estilo modernista. “La empresa –explica Flos– quería un edificio en altura y emblemático pero que estuviera bien integrado en el barrio, sin constituir ninguna barrera arquitectónica.” El estudio Miralles-Tagliabue proyectó una plaza pública que rodea los edificios y que permite pasar a través de sus diversos cuerpos. De hecho, una de las pocas variaciones respecto a la maqueta original fue dar más anchura al pasillo que conecta la entrada principal con el parque de la Barceloneta y el barrio. El interior es muy sobrio y casi monacal. De hecho, el proyecto original aún lo era más, pues no preveía madera en los muros, que debían ser simplemente blancos.

Para la sala del consejo, el estudio EMBT diseñó una mesa de roble blanco dividida en dos cuerpos asimétricos, como los gajos de una naranja.
El espacio de oficinas es diáfano, en blanco y gris. Sin duda, nada podría competir con las espectaculares vistas de 360˚ sobre la ciudad de que goza el edificio. El aislamiento que proporcionan los ventanales cerrados se ha revelado, por cierto, como una las causas de un extraño síntoma de pérdida de grasa muscular que padecieron en los primeros meses dos centenares de trabajadores. Se trata de la lipoatrofia semicircular, que aparece en edificios con gran cantidad de cables bajo el suelo y escasa humedad ambiental, un problema que se ha resuelto con humidificadores y tomas de tierra en las mesas.

Uno de los despachos de la planta 18, con vistas sobre la Barceloneta y el puerto.
Desde la planta 18 de la torre, ubicada justo en los terrenos que ocupó la plaza de toros de la Barceloneta, se entiende mejor su volumetría diversa y se adivina el exhaustivo trabajo de Miralles con el paisaje urbano circundante, un elemento presente en todas sus obras, siempre buscando unir urbanismo y arquitectura. Valga como ejemplo que la forma del portaaviones no es caprichosa: está alineado con el edificio de viviendas que tiene delante.
Esta obra, ejemplo de vanguardia arquitectónica y signo de poder económico, es un nuevo icono para que la ciudad recuerde a Miralles, un arquitecto creativo y osado.

El auditorio, con capacidad para 142 personas, está ubicado bajo el nivel del suelo. Las butacas también son un diseño de Enric Miralles.
Fuente:
Texto de Begoña Corzo
Fotos de Paco Elvira
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