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Nueva York-Shanghai, del XX al XXI

shanghai.gifHace ya tiempo que sobre Nueva York se depositan miradas y sentimientos nostálgicos, melancólicos, llenos de recuerdos heroicos, precisamente los que le permitieron convertirse durante los primeros cincuenta o sesenta años del siglo pasado en una promesa, en una tentación, en un modelo inalcanzable, sinónimo de modernizar, de americanizar la vida entera como un sueño hecho de realidades, como un horizonte lleno de expectativas y de una frenética actividad constructiva, de un hacer inagotable, incansable, productivo, sin ataduras, rápidamente cambiante, en su perfil recortado sobre los cielos y en su extensión territorial.
Tumultuoso desorden. El delirio de Nueva York fue posible, como afirmara Rem Koolhass en su sintomático Delirious New York (1978), gracias también a que su tumultuoso desorden era la consecuencia inevitable del orden en la cuadrícula de la trama urbana, cuya disponibilidad parecía destinada a ser colmada con una densidad de artefactos que cumplían retos cada vez más insólitos, constructivos, arquitectónicos, industriales, tecnológicos, económicos, simbólicos, sociales, míticos y reales, pero, sobre todo, en altura. Así, sin pasado memorable o histórico, Nueva York se convirtió -y en especial Manhattan- en sólo presente y también, para muchos, en modelo de lo metropolitano, en su representación más espectacular, teatro no de recuerdos, historias o mitos, sino del hoy y del mañana. Su representación, aunque rozara la retórica, persuadía sobre lo moderno, sobre lo actual, sobre la libertad que era capaz -también en forma de estatua monumental, regalada por los masones de Francia a la ciudad que se fugaba de sí misma, por medio de prodigiosos puentes e insólitas y premonitorias autopistas, creciendo sobre su presente- de anunciar una promesa, ya tuviera aquella famosa escultura su real antorcha en su mano levantada, faro que ilumina y guía a los extraviados del mundo, de todos los otros mundos -muchos de ellos pasaron por la isla de Ellis-, o la inquietante e imaginaria espada con la que la vio, por medio de Karl Rossmann, Kafka en su conocida América: «Su brazo con la espada se irguió como un renovado movimiento, y en torno a su figura soplaron los aires libres». Soplaron, pues, ¿con la antorcha o con la espada? No se ha sabido nunca que es o fue más real. Si fue verdad que los aires se aceleraron al moverse la espada, según Rossmann-Kafka, es posible que haya que creerlos, ya que el propio Kafka escribía en su novela que «en las honduras invisibles de las calles continuaba seguramente la vida a su manera». Como si la luz de la antorcha fuese la memoria impuesta por la vieja Europa -llena de mitos, leyendas, dolor y deseos-, y la espada, la destinada a hacer desvanecerse en el aire -como escribiera maravillosamente Marsahll Bermann-, la representación de la metrópoli moderna y libre, su construcción, entre futurista, contemporánea y también, como ya comienza a decirse ahora, piranesiana. Como si Nueva York se hubiese transformado en Historia o, al menos, en objeto de melancólicas y nostálgicas meditaciones, tanto como las que pueden promover las tópicas sobre las ruinas y sus épicos recuerdos.
Lleno de promesas. Ciudad sin historia, sin pasado, puso en escena el espectáculo de lo moderno, de lo metropolitano, cuyas imágenes más consolidadas han sido, sin duda, los rascacielos de Manhattan, llenos de promesas y futuros, de mitos y esperanzas. Loos, Le Corbusier, Mies, los constructivistas soviéticos, todos, querían americanizar la vida y sus revoluciones. Y, sin embargo, hace tiempo que los rascacielos y las infraestructuras de Nueva York son historia, incluidos sus puentes y autopistas, aunque no ocurra del todo «en las honduras de las calles», que ya eran historia antes, pero no memorable, sino cotidiana. ¿Qué significaba y significa esa observación? Posiblemente que Nueva York fuera percibida tempranamente como una ciudad que estaba, al final, destinada a convertirse en Historia, heroica, sí, pero en Historia. No es cuestión de repasar la construcción de sus edificios y rascacielos, sus legendarias aportaciones, sus retos a la altura y a la física, a la economía y a lo práctico. Nueva York se sabía moderno por actual, aunque casi desde el comienzo iniciase su autorrepresentación, su simulación, su ser escena y espectáculo del mundo, casi como Roma, como Venecia, como París, como Berlín, como Londres, aunque estas ciudades lo fueran antes y en diferente forma.


nueva-york-shanghai.jpg A través del espejo. Se trata, en estos últimos casos, de ciudades que se sabían históricas antes de ser parodiadas o simuladas, incluso por la que Guy Debord denominara, en 1967, sociedad del espectáculo, con un tono crítico, pero tan apocalíptico, que ha durado hasta el recientemente desaparecido Baudrillard o Virilio, por poner dos ejemplos muy conocidos. Es verdad que Venecia sobrevive a sí misma, contemplándose en un espejo del que parece que se ausenta la Historia, ya que la imagen reflejada o representada es siempre actual. Y eso ocurre con otras muchas ciudades ensimismadas, casi todas las que se reconocen en la Historia; pero Nueva York nunca quiso saber de espejos, al menos hasta que en los años sesenta del siglo XX se los pusieron desde Europa -aunque también en los propios EE.UU.- y convirtieron su espectáculo metropolitano, siempre contemporáneo, en teatro del pasado, en escena, en bastidor o decorado. Una premonición.
Recuerdo ahora un fascinante collage de un joven Hans Hollein, realizado en 1966, de la isla de Manhattan, incorporando a sus célebres rascacielos otro que monumentalizaba el radiador del Rolls Royce en Wall Street, templo coronado por la Victoria, y que había estudiado no hacía mucho nada menos que Panofsky, con su sagacidad habitual. Pero usar Manhattan y Nueva York como bastidor de teatro, como representación, como espectáculo feliz y trágico de lo moderno, sin historia, fue algo muy anterior, casi paralelo a su construirse, a su hacerse heroico y épico. De Lorca y Juan Ramón a Julio Camba y Moreno Villa o Dalí, por hablar de españoles, al fascinante Sigfried Kracauer (recientemente editado y traducido por V. Jarque al español), que ya en 1928 publicaba un apasionante texto en el que, en una montaña rusa berlinesa, sus ocupantes gritaban ante el vértigo de su corto viaje amparados por una escenografía que reproducía sólo el espectáculo de Nueva York, pura apariencia de lo moderno, escenario pintado cuyo revés era laberíntico. Casi como los mismos gritos que Lorca, en Nueva York, un año después, gritara a Roma desde el Chrysler Building.
Teatro y retórica. Si es cierto que las ciudades históricas, de Babilonia a Roma o Venecia, tenían y tienen el pie forzado de la Historia, Nueva York nació sin él y quiso desembarazarse del mismo, siendo sólo actual o promesa de futuro. Pero también lo es que muy pronto lo sólido se desvaneció en el aire, que la antorcha de la libertad pudo ser confundida con la espada, lo heroico con el teatro y la retórica, y aparecieron las simulaciones como en La Vegas -en las que se miniaturiza toda la experiencia de la Historia, de Egipto a Venecia, de Roma a ¡¡¡Nueva York!!!-, como si esta mítica ciudad no fuera sino una ciudad histórica como las otras.
Tal vez por eso, ahora, lo que queda de Nueva York y su heroico modelo puede ser transformado en parodia, en representación construida en Shanghai, en la China moderna. Es verdad que la actividad constructiva frenética y retadora de los rascacielos de la ciudad china, incluidos puentes y autopistas, ciudades ecológicas y bancos, autopistas y torres de comunicaciones, como en el pasado en Manhattan, construidos además por importantísimos estudios de arquitectos norteamericanos, europeos y japoneses, y todo en algo más de diez años. Deslumbra, sin duda, pero se construye no sólo al margen de la tradición y de la Historia -destruyéndolas-, sino imitando un modelo que no quiso saber de ellas porque no las tenía. Tal vez, de nuevo, se trate de un espectáculo y, en este caso, de un teatro de sombras chinescas de origen neoyorquino -como en la montaña rusa de Kracauer-, aunque la ciudad siga viviendo, si se le permite, en la hondura invisible de las calles. Dicen los más nostálgicos que aquel Nueva York sonaba y suena a jazz: ¿sonará así en Shanghai o será su sombra sonora?

Fuente:
ABC 795 - ABCD Las Artes y las Letras
Portada
Por Delfín Rodríguez

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Escrito por: noti | 07 Jun 07 | Ciudad

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