Tres ideas para la eternidad
Karl Kraus, compañero y amigo del arquitecto austriaco Adolf Loos, resumió el mensaje de su filosofía contrasezessionista con esta agudeza: «Loos y yo, él de obra y yo de palabra, no hicimos más que mostrar la diferencia que hay entre una urna funeraria y un orinal, diferencia que está regida por la cultura. No obstante, los otros, los positivos -refiriéndose irónicamente a sus enemigos de la Sezession- se dividen entre quienes utilizan la urna como orinal y quienes utilizan el orinal como urna». Para Kraus y Loos, precursores involuntarios del movimiento moderno, la evolución de la arquitectura, su forma y su ornamento eran consecuencia directa y necesaria del progreso cultural. Los objetos debían ser útiles y sólo eso, debían responder de manera adecuada a sus fines y dar servicio a una sociedad determinada.
En definitiva, anticiparon por primera vez la célebre frase «dejar a los objetos ser lo que quieren ser». Llegado a este punto, Loos estableció los límites entre el arte y la cultura cotidiana, alcanzando la conclusión de que la arquitectura debería excluirse del reino del arte, salvo en el caso particular de los monumentos conmemorativos, y muy especialmente de las lápidas sepulcrales. Es aquí donde comienza esta breve visita obligada por la arquitectura funeraria de cuatro arquitectos eternos: Soane, en Londres, Loos, en Viena, y Asplund y Lewerentz, en Suecia.
Loos, solemne y épico. Loos proyectó entre 1919 y 1931 tres obras nada solemnes e íntimamente épicas ajustadas a sus teorías sobre el arte y la arquitectura: la tumba del escritor Peter Altemberg, el mausoleo de Max Dvorak y su propia tumba. El Mausoleo es un bloque macizo de granito negro, rematado por una pirámide escalonada. Con una altura total de unos siete metros, estaba previsto ser decorado en su interior por el pintor Kokoschka. Una pieza donde se concitan el arquitecto, el pintor y el crítico de arte. Precisamente Dvorak escribió en una ocasión: «Lo que Miguel Angel pintó y esculpió en sus últimos años parece pertenecer a otro mundo? Tras haber llegado a los supremos límites del arte, se replantea los más hondos problemas de la existencia: ¿por qué vive el hombre y cuál es la relación entre los bienes transitorios, terrenales y materiales de la humanidad y la eternidad, el espíritu, lo sobrenatural?». Son palabras que, según Gravagnuolo, pueden servir como epígrafe tanto para el idealismo crítico de Dvorak, como para el expresionismo pictórico de Kokoschka, así como para el existencialismo arquitectónico de Loos.
Existencialismo que se manifiesta sólo posible como la unión entre arte y arquitectura en los monumentos conmemorativos y en las lápidas. En este caso, el Mausoleo aparece como síntesis de ambos. El mismo año que fue ingresado en el hospital Rosenhugel de Viena por una grave enfermedad, y anticipándose dos años a su muerte, Loos esbozó el diseño de su tumba autoconmemorativa. Un cubo esencial sobre un pedestal. El manifiesto definitivo de sus intenciones, donde el arte y la arquitectura se funden como al principio de los tiempos y hasta el final de la eternidad. El arte quiere ser la imagen elemental de la muerte como escribió en 1920 Bruno Taut.
Sublime Soane. Casi cien años antes, en plena efervescencia romántica, viajamos a Londres, al corazón del Romanticismo, y visitamos la casa museo del principal representante de la razón poética: John Soane. Aunque a los ochenta y tres años fue enterrado en el mausoleo familiar de Sant Pancras junto a su mujer y a su primogénito, la casa museo que construyó a lo largo de casi toda su vida en Lincoln?s Inn, se recuerda como su auténtico panteón. Un tumba in memóriam que desde los treinta y nueve años hasta la muerte fue completando.
Su obsesión coleccionista y su romántica vanidad hicieron que su casa se fuera llenando de amor y muerte, de luces y sombras, de drama, de recuerdos e ilusiones, de lo sublime. De lo sublime como lo contemplaba Edmun Burke, de todo aquello que puede despertar en nosotros la idea de dolor, horror, temor o peligro y de aquello que se acerca más al ideal del concepto si se activan niveles de intensidad cercanos al terror y aun al pánico. Sublime es la más grande emoción que un espíritu es capaz de sentir. La muerte es sublime. Soane es sublime. Su casa es eterna, una tumba, confirmando lo que escribiría Ledoux al afirmar que los trabajos del arquitecto sólo hallarán recompensa en la inmortalidad de su nombre.
Solitarios, los suecos. Tres maneras de aproximarse a la muerte, tres maneras bien distintas. Mientras a Soane, romántico, poético, le obsesionaba la memoria del individuo, su vanagloria, su propio cadáver como la última pieza de su colección, a Loos le preocupó, como puro racionalista, perpetuar el recuerdo de las ideas, salvaguardar la fe, retornar a lo esencial. Loos no se defraudó ni después de muerto. Por último y tal vez el más intimista de los viajes funerarios es el que propusieron Asplund y Lewerentz en el cementerio Sur de Estocolmo. Alumnos del viejo romanticismo nórdico de Otsberg, y ajenos a las turbulencias del nacimiento del movimiento moderno, se refugiaron en la soledad del paisaje, propiciando albergues para la reflexión, para la meditación, para la unión con la Naturaleza para el recuerdo de los hombres y el regocijo de los vivos.
Fuente:
ABC 822 – ABCD Las Artes y las Letras
Arquitectura y diseño
Por Arturo Franco
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