APOYOS TITÁNICOS
El último Antón García Abril, el que le lleva a flanquear de forma definitiva la puerta grande de la Arquitectura gracias a sus proyectos en Madrid y Santiago de Compostela, se ofrece colosal en intenciones y objetivos.
Antón, hijo de Antón, heredero de las guerras libradas en el monte Otris entre las dos razas de deidades mucho antes de la existencia de la humanidad. La Titanomaquia convertida ahora en esfuerzos arquitectónicos sin varices. Con Antón García Abril podríamos estar asistiendo al nacimiento de una nueva mitología en su estado más embrionario, a la que me sumo con matices. Un trabajo cargado de potencia, osadía, convicción y, al mismo tiempo, de contradicciones, urgencias e ingenuidades. Primitivo y moderno para lo bueno y para lo malo. Primitivo como los ciclópeos de Stonehenge o moderno como Koolhaas. Primitivo y moderno al mismo tiempo como Mendes de Rocha, heroico.
García Abril se licenció en 1995, fue pensionado por la Academia de Roma al año siguiente, donde probablemente amasaría el opus caementicium con sus propias manos o, lo que es lo mismo, los materiales de construcción del antiguo Imperio. Actualmente es profeso de proyectos en la Escuela de Madrid.
Su primera aproximación al mundo de los esfuerzos a compresión se produjo en Santiago de Compostela con una escuela de música de granito barrenado. La piedra se muestra como la piel de un reptil paleozoico. Por otro lado, las grandes pastas apiladas y autoportantes encierran un interior liso, autónomo y un tanto contemporáneo. La metamorfosis en su trabajo comenzó así, afectando primero a la piel. En Santiago, hace siete años, se anticiparon ciertos valores que ahora han eclosionado definitivamente.
CONFIANZA. Posteriormente consiguió la suficiente confianza de sus clientes como para construir la casa Martemar y transportar hasta allí una viga de hormigón de 50.000 kilos. Evidentemente, no es necesaria, como tampoco es necesario el manierismo del pilar piramidal en cruz de la Neue Gallery de Mies, ni las panzas infladas en Ronchamp de Le Corbusier, ni los falsos dinteles de ladrillo en Klippan de Lewerentz. En cualquier arquitectura deberíamos percibir el esfuerzo y el exceso un poco más de lo necesario, pero eso es otra historia.
Partió de dos grandes pórticos, uno frente a la línea del mar y otro en el perfil quebrado de la montaña. El mar queda así enmarcado por una ventana corrida de veinticinco metros. En sus palabras, le gusta la desnudez de las estructuras, y su expresión desde la construcción. Incorpora soluciones no habituales en programas de viviendas. Según comenta, trata de resolverlo con sinceridad constructiva, donde los sistemas se ensamblen buscando nuevos giros del lenguaje arquitectónico procedentes de encuentros de elementos de distintas escalas.
El proceso de montaje de su viga jirafa para la casa Martemar recuerda a las proezas de Kahn acompañado de su ingeniero Kómendant, instalando durante los años cincuenta las grandes vigas prefabricadas de los Laboratorios de Investigaciones Médicas, en Filadelfia. A aquella obra asistia frecuentemente su gran amigo Eero Saarinen. Un día con animo de provocar, le preguntó: “Lou, ¿consideras este edificio un éxito arquitectónico o estructural?”. Kahn estaba irritado y le contestó: “Esa es una pregunta válida. Los elementos y sus formas, así como la estructura que componen, se derivan con tanta lógica de las necesidades arquitectónicas que, estructura y edificación no se pueden separar. La una deriva de la otra.” Y es así como consiguió una buena manera de autojustificarse.
SOBRE SEGURO. En esta línea de intensidad colosal, uno piensa que tendrá bien cubierto su seguro de responsabilidad civil al visitar sus últimas dos obras en marcha. La casa Hemeroscopium, en Las Rozas de Madrid, en la línea de Martemar, y la sede de la SGAE en Santiago.
En la SGAE regresa su lado contradictorio, por otro punto lógico, en este parto compulsivo tratándose de su propio alumbramiento como gran arquitecto. La potencia sobrecogedora del muro calado –antes celosía- se convierte aquí sólo en una parte poderosa y audaz de un edificio sin aparente relaciones con los demás elementos. El desarrollo del resto de la obra y su comportamiento con la ciudad parecen las incógnitas sin despejar en un proyecto que, así mismo será un regalo para Compostela. Antón García Abril es un hombre excesivo y cautivador, como aquellos arquitectos. Su obra es un fiel reflejo de su personalidad. En pocas ocasiones se puede percibir de forma tan clara esta condición necesaria de la arquitectura.
Recuerdo una gran maqueta de García Abril situada en un pequeño museo de esculturas junto a su salón. Era un prototipo para una torre de estructuras tubulares triangulares, muy parecida a la visión que Kahn tuvo para otra torre en Filadelfia, pero, al igual que la de Kahn, no salió adelante. Cuando uno estudia aquella propuesta del americano, lo que resulta más chocante, según Oscar Tenreiro, incluso para alguien que sepa poco sobre construcción en altura, es que no podría construirse, tanto por motivos estructurales como económicos. Era el sueño de un artista, y para ellos no debía tomarse en serio.
Antón, con cada obra, se empeña también en demostrar lo contrario.
EN EQUILIBRIO. En Hemeroscopium explora y recupera de nuevo el equilibrio entre la ingeniería y la arquitectura, entre lo verdaderamente industrial y lo doméstico. En esta obra, el alarde alcanza su lado más poético incorporando también el arte como parte, tal y como sucedía en los edificios de antes, quizás como herencia de su paso por el taller de Manuel Valdés. La piscina longitudinal o el monolito de piedra sobre el apilamiento de vigas introducen una dimensión escultórica indiscutible que participa en los esfuerzos estructurales. Lo sorprendente de estas estructuras ensambladas se produce solo al principio, por su novedad, por su descontextualización, por su escala inesperada. Después, la arquitectura hace su trabajo, resulta implacable; funciona, o no funciona. Al fin y al cabo, el hombre elige su cobijo, lo coloniza todo, y sólo en ocasiones termina identificándose indisolublemente con su hogar.
Un día como hoy, y como Saarinen, con ánimo de provocar, se me ocurre preguntar: Antón, ¿consideras tus edificios un éxito arquitectónico o estructural?
Fuente:
ABC 783 - ABCD Las Artes y las Letras
Arquitectura y diseño
Por Arturo Franco


